Walbis Bay – Namibia
Tras dos dias de navegación llegamos a uno de nuestras ultimas escalas en nuestra vuelta al mundo, Walbis Bay en Namibia, puerto que ya habiamos visitado en dos oportunidades, durante la vuelta de 2024. Es una importante ciudad portuaria situada en la costa atlántica de Namibia que cuenta con unos 80.000 habitantes del total de 2,7 millones de todo el país. Su nombre significa “Bahía de las Ballenas”, porque antiguamente era una zona frecuentada por cetáceos. Destaca por su gran laguna, considerada uno de los humedales más valiosos del sur de África, donde habitan miles de aves, especialmente flamencos y pelícanos. Su economía se basa en el puerto, la pesca y el turismo. La ciudad está rodeada por el desierto de Namib, uno de los más antiguos del mundo, lo que crea un paisaje único donde las dunas de arena se encuentran con el océano. Walvis Bay es también un destino popular para actividades como el sandboarding, los paseos en barco y la observación de delfines y focas. En conjunto, Walvis Bay y Namibia ofrecen una combinación fascinante de naturaleza, fauna y paisajes espectaculares que atraen a visitantes de todo el mundo.
Como os hemos comentado ya conocíamos este destino, y dado que el barco ponía a nuestra disposición una excursión que habíamos realizado por nuestra cuenta la vez anterior, decidimos repetirla. Se trata de una excursión hasta el parque de Sándwich Harbour al sur de la ciudad.
Nos levantamos temprano, aunque el barco ya había atracado a las 6 de la mañana en el puerto, debido a que se esperaban posibles problemas en el trámite de control de pasaportes y visa. Fuimos a uno de los salones del barco donde una serie de funcionarios realizaban la inspección de pasaportes y de la visa electrónica. El funcionario que nos atendió estuvo muy interesado en conocer nuestros modelos de móvil. Una vez que bajamos al muelle nos dirigimos hacia el lugar donde nos estaban esperando los Toyota 4*4 que nos iban a llevar a Sandwich Harbour. La caravana estaba compuesta por 8 vehículos que nos dirigimos en primer lugar a la laguna de Walbis Bay.
Es uno de los espacios naturales más destacados de todo Namibia. Se trata de una gran laguna costera de aguas poco profundas situada junto al océano Atlántico, conocida por su enorme valor ecológico. Este lugar es especialmente importante como refugio para aves migratorias. En la laguna se pueden ver normalmente miles de flamencos —tanto grandes como pequeños—, además de pelícanos, cormoranes y otras especies. De hecho, es uno de los humedales más relevantes del sur de África y está protegido como área de conservación internacional, aunque tuvimos la mala fortuna de que en esta época los flamencos habían emigrado hacia el interior de África para criar, según nos explicó el guía.
Siguiendo nuestro camino pasamos junto a las salinas, extensas zonas donde el agua del mar se evapora de forma natural para producir sal. Este proceso crea grandes estanques poco profundos. El característico color rosado del agua se debe principalmente a la presencia de microorganismos, sobre todo algas microscópicas como la Dunaliella salina y algunas bacterias halófilas, adaptadas a ambientes muy salinos. Estos organismos producen pigmentos rojizos o anaranjados, como el beta-caroteno que tiñen el agua. Este fenómeno ocurre porque la alta salinidad favorece el crecimiento de estos microorganismos, la intensa luz solar del desierto del Namib Desert estimula la producción de pigmentos y la poca profundidad del agua hace que el color sea más visible. Además de su aspecto visual, estas salinas son importantes económicamente para Namibia, ya que producen grandes cantidades de sal marina, y también atraen a numerosas aves, especialmente flamencos, que se alimentan de estos microorganismos lo que también influye en su color rosado. Paramos frente a una de estas lagunas en la que destacaba su color rosado. Allí una de las guías nos mostró un inmenso cristal de sal.
Pronto llegamos al inicio del camino de tierra y arena que nos llevaría a nuestro destino. Desde allí, el trayecto continúa bordeando la costa atlántica, con el océano a un lado y las imponentes dunas del desierto de Namib al otro. Este contraste crea paisajes únicos, donde la arena parece deslizarse directamente hacia el mar. En un punto donde la arena de la playa era de un color rosado los vehículos se detuvieron y el guía nos explicó el motivo de ese color es que la corriente de Benguela arrastra “pequeños granos de piedras preciosas” desde South Africa hasta las playas de Walvis Bay, aunque se trata más bien una explicación turística o una leyenda popular ya que la corriente Benguela sí transporta enormes cantidades de agua fría, nutrientes, arena y sedimentos a lo largo de la costa atlántica africana, pero el color rosado de las salinas y algunas playas no se debe a piedras preciosas trituradas. Eso sí, la costa de Namibia y Sudáfrica es famosa por sus diamantes aluviales. Durante millones de años, ríos del interior africano arrastraron diamantes hacia el Atlántico y las corrientes marinas los redistribuyeron por parte de la costa namibia. De hecho, existe una zona llamada la “Costa de los Diamantes” en el sur de Namibia.
Entramos en el parque nacional de Namib-Naukluft donde los conductores debían mostrar los permisos de paso a un funcionario. Seguimos un rato circulando a buena velocidad por la playa entre las dunas y el borde del mar
En un punto determinado llegó uno de los momentos más emocionantes, la conducción de los vehículos 4×4 sobre las dunas, subiendo y bajando pendientes pronunciadas hasta alcanzar miradores naturales con vistas impresionantes del litoral. El destino final es Sandwich Harbour, una laguna protegida dentro del Parque Nacional.
. Este lugar destaca por sus enormes dunas que caen directamente al océano, formando uno de los paisajes más fotografiados de África. Allí, el silencio del desierto y la fuerza del mar crean una atmósfera única. Este paisaje lo pudimos disfrutar desde lo alto de una duna con unas vistas magnificas sobre toda la bahía. Contemplamos el paisaje durante un rato tomando fotos y videos y volvimos a subir a los coches para realizar un divertido descenso desdelo alto de las dunas.
Tras un vertiginosos descenso llegamos nuevamente a la playa y regresamos por el mismo camino que a la ida, pero llegando a un punto determinado el coche-guía se desvía hacia el interior y empieza nuevamente a subir las dunas hasta llegar a una especie de valle elevado con algo de vegetación y un servicio de baño.
. Paramos y los conductores en un visto y no visto montaron unas mesas y sirvieron unas bandejas de comida tanto dulce como salada que llevaban preparada, así como bebidas, desde una especie de prosseco dulzón hasta cervezas, colas y zumos, e incluso un recipiente donde lavarte las manos.
Tras la comida, una de las conductoras pidió a dos de los participantes en la excursión que iban en su coche y que se trataba el cantante de jazz del barco y uno de los componentes del grupo de opera que cantasen algo, cosa que hicieron a capela, en ese entorno maravilloso y dejándonos unos momentos mágicos.
Tras ello recogieron las mesas y nuevamente descendimos por las dunas hasta llegar a la playa para tomar el camino inverso de la ida y dirigirnos hacia el barco. Al llegar nos despedimos de nuestro conductor y nos dirigimos al lugar donde se encontraban en la actualidad las jóvenes que vendían la artesanía
Compramos un par de cosas y fuimos hacia la zona del club náutico donde hay tiendas de souvenirs y restaurantes que sirven entre otras cosas ostras y gambas. Dimos una vuelta y regresamos al cercano barco para dejar las mochilas y bolsas y volver a salir para dirigirnos al club náutico y tomarnos un helado y un chai late en una de sus terrazas.
Regresamos ya definitivamente al barco donde descansamos y esperamos la hora de la salida para desde la cubierta tomar unas fotos del puerto con el desierto en el fondo. Durante los siete próximos días navegaremos por el Atlántico hacia el norte hasta alcanzar las islas de Cabo Verde que se hallan a 3348 millas náuticas